Observar el cielo

Si echo la vista hacia atrás, puedo recordar que desde pequeña, siempre he sentido mucha curiosidad por lo insólito y lo lejano. Recuerdo mirar a través de los pesados prismáticos de mi padre durante las noches de verano. En la ciudad la mayoría de veces apenas veía algunas estrellas brillar algo más en las noches despejadas, pero cuando llegaban las vacaciones y huíamos a la montaña y allí, el cielo oscuro nos regalaba noches de muchas Perseidas, varios cometas y algún lejano planeta.

Recuerdo especialmente dejar las alpargatas del verano a un lado, equiparme con unas botas gruesas, algo de abrigo y salir a campo abierto en busca de un buen lugar desde el que otear y descifrar constelaciones. Por aquel entonces, siempre me imaginaba que la primera estrella que veía siempre era Sagitario porque mi padre me había indicado que la estrella más brillante, era Kaus Australis, ya que era una estrella doble. A aquella edad, también era incapaz de unir estrellas en busca de un patrón. ¿El carro? ¿La Osa mayor? Aunque tuviese mucha imaginación y el dibujo abstracto lo bordase en clase de plástica, aquello superaba mis capacidades.

Más mayor, acompañada de un libro y del gusanillo por la astrología, empecé a descifrar las constelaciones de Aries con su RZ Arietis de brillo cálido y a buscar satélites como el de Hydra con un telescopio amateur. Ahora, perdida la inocencia pero continuando con las fascinación que me siguen produciendo las palabras “planeta”, “cometa” o “galaxia”, añoro aquellos momentos en los que decidía calzarme mis botas, recostarme sobre un ligero abrigo y observar a las Perseidas bañar el cielo.

No puedo imaginar un mejor plan para el verano: mirar hacia arriba y ver el eco brillante de un cometa que pasó mucho antes de que ninguno de nosotros naciera, y que volverá mucho después de que nazcamos.

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