MUDAR LA PIEL

El invierno se desvanece ante nosotras: las horas de sol se alargan y las temperaturas aumentan. Ya no es necesario acarrear con capas de pesada ropa de abrigo que lastran nuestro cuerpo. De ahora en adelante, con cada momento que pase, sentiremos el impulso natural de ir despojarnos de las envolturas.

Es nuestro cambio de follaje, nuestro proceso de mudar la piel. Un momento de cambio en el que experimentamos un estado de liberación personal. La ropa no pesa, los zapatos no nos atan, buscamos ser bañados por el sol y el agua y ansiamos absorber el mundo a través de todos nuestros sentidos.

Pisamos la arena mojada, acariciamos los guijarros y enredamos los dedos en las algas marinas. El sol y la naturaleza están conectados a nuestra identidad.

Da igual si es cerca del mar o de la montaña, nos recargamos con la luz y el viento fresco de un paseo en bicicleta. Desde pequeñas nos hemos ido haciendo un poco más fuertes con cada vivencia estival, quizás por eso sentimos júbilo al ver volar las primeras golondrinas: el buen tiempo ya está aquí. Cortemos suavemente una ramita de amapola y trencémosla en el pelo. La primavera nos alcanza preparadas para entregarnos a ella.

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