DIÁLOGOS CON AMALIA PUGA - PROXECTO BOLINA
La diseñadora Amalia Puga nos abre las puertas de su estudio en A Guarda, donde ha encontrado la materia prima con la que construir un lenguaje propio.
Su trabajo nace del diálogo con las redeiras, mujeres que desde hace generaciones tejen, reparan y cuidan las redes de pesca. Junto a ellas, Amalia transforma ese conocimiento artesanal en piezas contemporáneas que hablan de memoria, territorio y futuro, demostrando que innovar también puede significar volver al origen.
Con motivo de La Lonja, una colección inspirada en los oficios del mar y en la belleza de los puertos pesqueros, conversamos con Amalia sobre el valor de hacer las cosas despacio, la importancia de lo local y el papel del diseño como herramienta para preservar historias que merecen seguir siendo contadas.
El mar Atlántico atraviesa tu trabajo. ¿Qué parte de ese paisaje sigue contigo cuando diseñas?
Creo que lo que más sigue conmigo es la manera en la que el mar ordena la vida en un pueblo como A Guarda. No es solo un paisaje visual, sino también una forma de entender el tiempo, los materiales, los oficios y la comunidad. Crecer en un lugar tan unido al mar me hizo observar, desde pequeña, que todo tenía una historia, una función y una segunda posibilidad.
Cuando diseño, me acompaña esa memoria del puerto, de las redes, de las cuerdas, de las manos trabajando y de los materiales que vuelven del mar cargados de uso. Me interesa mucho la idea de transformar algo que ya ha vivido, sin borrar su origen. Por eso, en mis piezas intento que el Atlántico no aparezca solo como inspiración estética, sino como una presencia real: en los materiales, en las técnicas, en los nudos y en las historias que hay detrás de cada objeto.
Las redes están pensadas para resistir, para durar. ¿Cómo crees que dialoga esa idea con la manera en que entendemos los objetos hoy?
Las redes tienen una lógica muy distinta de la de muchos objetos contemporáneos. Están diseñadas para soportar la tensión, el salitre, el movimiento, el peso y el paso del tiempo. No nacen de la fragilidad ni de lo inmediato, sino de la resistencia y la reparación. Para mí, esa forma de entender el material dialoga directamente con una necesidad actual: volver a crear objetos con sentido, duraderos y con una relación más consciente con lo que consumimos.
Hoy vivimos rodeados de objetos que muchas veces se producen rápidamente, se usan poco y se sustituyen con facilidad. Frente a eso, trabajar con redes recuperadas y de forma artesanal me permite dar una segunda vida no sólo a un material, sino a una comunidad pesquera, y a una tradición. Las redes son materiales que ya han cumplido una función en el mar y que, al transformarse, no pierden su memoria, sino que adquieren una nueva. Me interesa que mis piezas inviten precisamente a eso: a mirar los objetos no como algo desechable, sino como algo que puede acompañarnos, envejecer con nosotros y seguir contando una historia.
En Naguisa hablamos mucho de manos, de tiempo y de proceso. ¿Qué valor crees que tiene hoy hacer las cosas despacio?
Hacer las cosas despacio tiene hoy un valor enorme, casi radical. En un momento en el que todo parece orientado a producir más y más rápido, trabajar desde la pausa permite recuperar la atención, el cuidado y el vínculo con lo que se está creando. Para mí, el tiempo no es solo una parte del proceso, sino uno de los materiales invisibles de cada pieza.
Cuando algo se hace a mano, cada gesto importa. Hay decisiones, errores, ajustes y pequeñas imperfecciones que hacen que el objeto sea único. Esa lentitud no significa falta de innovación, sino todo lo contrario: permite pensar mejor, respetar los ritmos de quienes producen y dar valor a técnicas que no pueden acelerarse sin perder su esencia. Creo que respetar el ritmo de lo hecho a mano es esencial hoy en día: hacia el material, hacia el oficio, hacia las personas que intervienen y hacia quien finalmente convive con la pieza.
Trabajas muy cerca de la materia y de quienes la transforman. ¿Cómo influye compartir el proceso con las redeiras? ¿Qué has aprendido de ellas?
Ser redeira y compartir el proceso con otras artesanas locales supone una parte esencial de Proxecto Bolina. Mi trabajo no empieza únicamente con una idea de diseño, sino con la escucha: entender cómo trabajan, qué técnicas utilizan, qué posibilidades tiene cada nudo, cada red y cada material. Trabajar con ellas me ha enseñado que la artesanía no es algo estático ni ligado únicamente al pasado, sino un conocimiento vivo que puede adaptarse, transformarse y abrir nuevos caminos.
De las redeiras he aprendido la importancia del trabajo colaborativo, y de la valentía y esfuerzo que hay detrás de un oficio que durante mucho tiempo ha permanecido invisibilizado. También he aprendido la importancia de la colaboración y de crear desde el respeto. Para mí no se trata de utilizar una técnica tradicional como recurso estético, sino de construir un diálogo real entre su conocimiento y mi mirada como diseñadora. Gracias a ellas he entendido el diseño como una herramienta capaz de dar continuidad a oficios, generar nuevas oportunidades y visibilizar historias que merecen ser contadas.
Decidiste volver a A Guarda y trabajar desde allí. ¿Qué cambia cuando el diseño ocurre en el mismo lugar del que provienen los materiales?
Cambia todo, porque el diseño deja de ser una práctica aislada y se convierte en parte de un ecosistema. Trabajar desde A Guarda me permite estar cerca del origen de los materiales, de las personas que los conocen y de las historias que los rodean. No diseño desde la distancia, sino desde el contacto directo con el territorio.
Cuando el diseño ocurre en el mismo lugar del que provienen los materiales, el proceso se vuelve mucho más honesto y coherente. Puedes entender mejor por qué esos materiales existen, cómo se han usado, qué valor tienen para la comunidad y qué posibilidades ofrecen. También se genera una relación más directa con los artesanos y con los ritmos del lugar. Para mí, volver a mi pueblo de A Guarda fue una forma de innovar desde lo rural, demostrando que no es necesario estar en una gran ciudad para crear proyectos contemporáneos, sino que muchas veces las respuestas más interesantes están precisamente en lo cercano.
En tus proyectos hay una fuerte conexión con lo local. ¿Crees que hoy necesitamos volver a mirar más hacia lo cercano?
Sí, creo que necesitamos volver a mirar hacia lo cercano, pero no desde la nostalgia, sino desde una mirada contemporánea. Lo local guarda conocimientos, materiales, técnicas e historias que muchas veces hemos dado por sentados o hemos considerado obsoletos. Sin embargo, ahí hay una enorme capacidad de innovación.
En los pueblos marineros, por ejemplo, siempre ha existido una cultura de aprovechar los recursos disponibles, reparar, reutilizar y trabajar en comunidad. Son formas de hacer que hoy resultan muy actuales frente al consumo excesivo y la producción desmedida. Mirar hacia lo cercano nos permite crear de una manera más sostenible, más conectada con el territorio y con mayor impacto social.
Para mí, lo local no significa limitarse, sino partir de una raíz fuerte para poder dialogar con el presente. En Proxecto Bolina, esa conexión con A Guarda, con las redeiras y con los materiales del mar es lo que da sentido a cada pieza. Es desde ahí desde donde intento construir un lenguaje contemporáneo, pero sin perder la memoria de quienes han trabajado antes con sus manos, con sus herramientas y con su conocimiento.